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La ciutadania opina

Dimarts, 1 de Juliol del 2008, 19:12 h. portada > la ciutadania opina > opinió

De la contribucion al impuesto

Compartir un espacio unitario de vida que toma la forma de ciudad, localidad o aldea, ha venido generando la necesidad de trabajos a favor de ese espacio por el bienestar de todos. Los hombres del pueblo que construían y mantenían un puente de piedra para franquear el rio trabajaban a favor de todos aunque fueran los primeros interesados al tener que pasar con sus carros o animales. Cualquiera que espontáneamente se detiene para apartar un árbol caído en el camino o un desmoronamiento de piedras de la ladera está haciendo una contribución a su vecindad aunque eso venga determinado por no poder pasar a causa de los obstáculos. Los caminos creados entre los asentamientos humanos que quedaban marcados por el solo hecho de pasar y pasar, siempre han sido otra forma contributiva al bien común, que por otra parte no podía hacerse otra cosa que caminarlos. Se puede decir que la contribución a un conjunto humano se da espontáneamente desde el momento en que se forma parte del mismo.

La interacción con el espacio dispone a los individuos a favorecer al grupo o colectividad del que forman parte para beneficio de todos. Algunas de esas contribuciones como la caza, la preparación de tierras para el cultivo y mas adelante la canalización de las aguas necesitaron planificación y de ésta surgió la necesidad de la dirección. Contribuir al lugar en el que se nacía o se vivía podía resultar lo más lógico y natural. Ante las catástrofes naturales en las que los recursos de estado no son suficientes para enfrentar la situación la contribución espontanea de la gente en la ayuda social y solidaria sigue siendo un fenómeno mimético reiteradamente demostrado. Contribuir a mejorar la situación de todos era una forma de heteroayuda pero también de autoayuda.

Muchas cosas no se pueden hacer sin el concurso colectivo. La complejidad social trajo el incremento de necesidades más allá de las inmediatas, las de la calle o zona de vida y trajo la categoría de contribuir en forma económica en lugar de hacerlo con tiempo de trabajo o en especie. Los primeros tributos organizados fueron a los dueños de las tierras y más para el mantenimiento de su poder y su sequito que no para las mejoras de la colectividad. Se puede sospechar que el tributo al estado ha traído consigo siempre dos componentes: el de pagar la estructura de ese mismo estado y el de contribuir a un presupuesto nacional para multitud de gastos de la nación para la nación. Modernamente, las carreteras asfaltadas, las centrales hidroeléctricas, los tendidos de cables, la conducción del agua corriente, una red sanitaria pública y una escolarización gratuita han sido posibles a partir de la administración de las contribuciones pagadas por la sociedad.

No hay estado que haya podido crecer sin una política tributaria como rueda de molino a la que vincular a todos los ciudadanos o al menos a todos los hogares de un país. Grosso modo, contribuir a los gastos generados por la regulación de un territorio tiene una lógica impecable.

Su coherencia, sin embargo, se fisura cuando la forma de inversión de las mejoras y de gestión del presupuesto no complace a todo el mundo. Una parte importante del mismo sirve para el mantenimiento de la misma maquinaria de la administración. Muchas de las supuestas mejoras se traducen en un creciente ultraje a la naturaleza: reducción de espacios verdes, contaminación lumínica, contaminación atmosférica, ruidos.

El modo de vincular a un ciudadano a la contribución anual es a partir de su/s propiedad/es. Paga por tener un coche, por tener una vivienda. Los conceptos de pago aun son genéricos incluyendo el consumo eléctrico de las calles iluminadas o la recogida de basuras, aunque lo segundo apenas lo use por hacer su propio compostaje y reciclajes y en cuanto lo primero le sobre tanta intensidad lumínica.

El gestor local esta muy al corriente de quien vive y quien no en su demarcación. A partir de que alguien tiene un vínculo de propiedad queda obligado a ir enfrentando las tasas año tras año con sus respectivos aumentos. De tarde en tarde, una vez en la vida, el ayuntamiento hace una mejora considerable, parte de la cual desea facturarla como extra. Cuanto mas espacio tenga un vecino mas tasa se verá enfrentado a pagar. Los que tienen más pagan más, parece lo justo. Por esta lógica los tuareg y otros nómadas, como los aborígenes australianos, pagarían los impuestos más altos del mundo por disponer de mayor terreno per cápita.

Hace tiempo que la figura del contribuyente no tiene nada que ver con la de la contribución comunitaria por razones obvias al bienestar del grupo. El contribuyente es alguien que paga impuestos y como esta palabra indica, los paga a la fuerza. Es una imposición de la administración que tiene que satisfacer el individuo. Le guste o no, lo entienda o no, tiene que pagar por todo, por sus propiedades, por sus ingresos, por sus transacciones, por sus beneficios puntuales, por sus herencias, por su trabajo.

Esto llega al súmmum de la intolerancia cuando determinados estados consiguen enviar a la ruina a determinados ciudadanos por no poder hacer frente a sus impuestos. Pagar por los trabajos que un estado hace en bien del país es un concepto difícil de cuestionar, lo que sí es cuestionable es pagar por los trabajos que un estado no hace a favor del país y para embolsarse los capitales para la auto perpetuación de su propia estructura.

Los impuestos razonables son los que pagan beneficios colectivos relativos a comunicaciones, transporte, espacios ajardinados, equipamientos, cultura; lo malo es que el mismo tipo de impuestos también pagan ejércitos, ministros retirados, iglesias parasitarias, vagos, maleantes encarcelados que nunca se reinsertarán y planes de país mas que discutibles. El contribuyente seria tal o podria continuar teniendo la condición de tal si participara en las decisiones presupuestarias, en tanto que solo es tratado como pagano no pasa de ser un ciudadano para pagar bajo ultimátum, ya que de no hacerlo se le embargaran bienes y propiedades. No importa que su calle esté igual de estropeada que 10 o 20 años atrás, los urbanistas de despacho ya deciden por todos y saben -o así se informa- que siguen una política de prioridades.

Ciertamente es necesaria una visión de conjunto para saber las prioridades por ciudades, por distritos, por barrios y por calles. No se pueden satisfacer todas las demandas al mismo tiempo. El ciudadano transparente tiene sus bases imponibles con las que contribuir a su país y a su comunidad.

Finalmente, hace los cálculos de su vida en función de la parte de sus ingresos esquilmada por todo eso, tratando de recuperarla por otra vía. El ciudadano es objetivamente cifras para el estado que lo gobierna. Es su fuente de ingresos. En la sociedad moderna del bienestar le conviene que le vayan bien las cosas a cada individuo para poderse beneficiar mas. Se ha comparado el estado a la primera organización mafiosa de un país que basa su poder y perdurabilidad en una política de extorsión perfectamente legalizada. De un principio macro indiscutible (la contribución) se hace una práctica regularizada deplorable (la imposición).

El Estado no contempla formas de vida alternativas o coexistentes en el mismo espacio urbano o geográfico y, por tanto, maneras contributivas diferentes. Utiliza a los ciudadanos para pagar a su compleja y poderosa maquinaria que, por otra parte, sustenta una amortiguadora clase media para los conflictos de intereses. No hay que olvidar el rápido crecimiento de las capitales elegidas por los estados, por el movimiento económico y humano que acarreaba su ubicacion en ellas.

El funcionariado y las clases mas favorecidas económicamente son las primeras interesadas en la continuidad de estados poderosos. Cualquier planteamiento disidente que `proponga otro modelo de vida será mal visto. Pactrick Rivers, entre otros, fue un pionero en la elección neuorrural que había apologizado las tesis de la simplificación por las que siempre me he sentido adepto. La sociedad, en su complejidad y sus formulas, y maneras tributarias han hecho de aquel enviado por el emperador o por el dueño de las tierras a buscar sus sacos de grano casa por casa en un tipo respetable con su oficina que automatiza como lo más normal del mundo embargos o sanciones por demora de pagos o que calcula anualmente el incremento de la tasa tributaria.

A fuerzas de formulismos, el ciudadano medio termina por creer que está bajo el imperio de inteligentes mandamases cuando de hecho solo sufre una vieja ley histórica modificada por los tiempos modernos; ser sometido a la burocracia de poder con pagos impositivos que termina por aceptar, resignadamente, aunque no esté de acuerdo para nada con la política de reformas que se sigue en su ciudad, en el caso de que haya alguna, en los salarios que cobran los susodichos y la política general dominante en el país.

Cualquiera con suficiente sentido de la alevosía puede ocupar sus puestos. Otra cosa es que el estado tenga por residentes a personalidades brillantes dispuestas a dejar realidades embellecidas tras el ejercicio de poder en sus puestos, modificaciones por las que los ciudadanos puedan sentirse orgullosos. Peter Lawrence fue el teórico cínico de un modelo explicativo de la negligencia humana que ya explicó que la directividad de un sistema estaba basado en el principio de promoción de las personas hacía su nivel de incompetencia tras dejar atrás los de máxima competencia.

Es muy curioso que el tema de los impuestos sea lo menos discutido por los partidos en litigio. Todos saben, que una vez en la jefatura directiva, necesitan vivir a costa de las cuotas impuestas a la ciudadanía, sin ellas no hay presupuesto, y sin presupuesto no hay poder.

Nestor Estebenz

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